Putin habla de "fin" mientras Kiev extiende el campo de batalla a Moscú: la guerra entra en la fase que el Kremlin no esperaba

Entre el 9 y el 20 de mayo, la guerra en Ucrania atravesó una secuencia que conviene leer con atención porque condensa, en apenas once días, la contradicción central del momento: un presidente ruso que sugiere en público que el conflicto "se acerca a su fin", un alto el fuego de tres días que sirvió más para los actos del Día de la Victoria que para el cese efectivo de las hostilidades, una ronda diplomática auspiciada por Washington que avanzó sin concretar y, en paralelo, el mayor ataque ucraniano con drones contra la región de Moscú desde el inicio de la invasión, además de una represalia rusa que volvió a probar la decisión del Kremlin de castigar a la población civil.
Geopolítica20 de mayo de 2026RedacciónRedacción
u2497597632_Editorial_conceptual_illustration_for_a_foreign_a_ae4278db-ca15-4162-949d-d0ff973cfb0d_1
Imagen generada por IA. Revista Lumen.

Cuando los hechos de campo desmienten al discurso diplomático con esta claridad, el análisis serio debe acompañar a los hechos, no a las declaraciones; y los hechos de esta semana sugieren que la guerra ha entrado en una fase distinta, una en la que Rusia ya no impone los términos del relato y en la que la geometría del campo de batalla empieza a parecerse cada vez menos a la que Vladimir Putin imaginó cuando ordenó la invasión en febrero de 2022.

El alto el fuego como gesto, no como giro

El alto el fuego del 9 al 11 de mayo fue anunciado por Donald Trump el viernes previo, con la fanfarria habitual: una solicitud personal del presidente estadounidense a Putin y a Volodímir Zelenski, una aceptación inmediata de ambos —Yuri Ushakov por el Kremlin, el propio Zelenski por Kiev— y la calificación, en boca de Trump, de "principio del fin" de la guerra. La fecha no era casual: el 9 de mayo Rusia celebra el Día de la Victoria sobre la Alemania nazi, una efeméride que Putin convirtió en uno de los ejes simbólicos de sus veinticinco años en el poder y que ha invocado de manera reiterada para justificar la ofensiva en Ucrania. Detener los combates durante esos tres días no era una concesión sustantiva sino una operación de imagen, que permitió al Kremlin organizar su desfile reducido en la Plaza Roja sin la amenaza inmediata de ataques ucranianos profundos. En ese desfile, Putin pronunció la frase que ha dado vueltas por las cancillerías occidentales desde entonces: que la cuestión del conflicto "estaba llegando a su fin". Fue brevísima, dentro de un discurso largo y centrado en arengar a las tropas, y la mayoría de los analistas serios la leyó por lo que era: una señal calibrada hacia Trump, no una concesión real, destinada a mantener viva la ilusión de que la paz puede negociarse pronto y que Putin todavía controla los tiempos del proceso. La realidad del terreno fue otra. Desde el 13 de mayo, los ataques rusos sobre ciudades ucranianas se intensificaron al punto de que Kiev pidió la convocatoria del Consejo de Seguridad de la ONU; entre el 13 y el 14, Rusia lanzó más de 1.500 drones y docenas de misiles contra objetivos en toda Ucrania, según el reporte de la directora de la división de Europa, Asia Central y las Américas del Departamento de Asuntos Políticos de Naciones Unidas, Kayoko Gotoh. La ONU calificó esa secuencia como "uno de los bombardeos aéreos más importantes" desde el inicio de la invasión. La interpretación es difícil de eludir: el alto el fuego sirvió para que el Kremlin se reorganizara durante tres días y para que el desfile saliera sin sobresaltos, no para acercar un acuerdo.

La represalia ucraniana cambia la conversación

Lo que vino después es probablemente más significativo, en términos estratégicos, que cualquier declaración del Kremlin o de la Casa Blanca. En la madrugada del domingo 17 de mayo, Ucrania lanzó el mayor ataque con drones contra la región de Moscú desde el inicio de la guerra: alrededor de 600 dispositivos, según el propio Ministerio de Defensa ruso, que reportó haber derribado 556 entre las 22:00 y las 07:00 horas locales y otros 30 entre las 07:00 y las 09:00, en operaciones simultáneas sobre catorce regiones rusas, la península de Crimea anexionada y los mares Negro y de Azov. El saldo, según las autoridades locales, fue de al menos tres muertos en la región metropolitana de Moscú —una mujer en Khimki, al noroeste de la capital, y dos hombres en la aldea de Pogorelki, en el municipio de Mytishchi, al noreste— y doce heridos en la propia ciudad de Moscú, la mayoría empleados de la refinería de Kapotnya, propiedad de Gazprom Neft, frente a cuya entrada cayeron varios drones. A esas víctimas se sumaron una más en la región fronteriza de Bélgorod —un hombre fallecido en Shebekino tras el impacto de un dron contra un camión— y un ciudadano indio, trabajador de la construcción en las afueras de Moscú, según confirmó la embajada de la India, con otros tres connacionales heridos. Los cuatro aeropuertos internacionales de Moscú —Sheremétievo, Vnukovo, Domodédovo y Zhukovsky— fueron suspendidos temporalmente; el primero permaneció prácticamente cerrado durante toda la madrugada tras la caída de un dron cerca de una de sus pistas. Zelenski calificó la operación de "totalmente justificada", como respuesta a los bombardeos rusos sobre Kiev de comienzos de la semana, que habían dejado al menos veinticuatro muertos. El Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) reivindicó la operación y detalló los objetivos: la refinería de Moscú en Kapotnya, la planta de microelectrónica Angstrem —proveedora de semiconductores al complejo militar-industrial ruso y sancionada por Estados Unidos—, las estaciones de bombeo de petróleo de Solnechnogorsk y Volodarskoye, esta última propiedad de Transneft y que surte de materia prima a las refinerías de Moscú y Riazán. La nomenclatura militar tiene importancia. Kiev no está atacando civiles en venganza; está atacando la cadena que financia la guerra, y lo está haciendo con una sistematicidad creciente. Solo el domingo 17, Rusia reconoció haber interceptado más de mil drones ucranianos en veinticuatro horas, ochenta de ellos dirigidos a la propia Moscú. TASS, la agencia estatal rusa, describió el ataque sin eufemismos como "el más grande en más de un año".

Esta dimensión del cambio no debe perderse en la rutina periodística de contar drones. Lo que está ocurriendo es que Ucrania ha desarrollado, en cuatro años de guerra, una capacidad de largo alcance autónoma —de diseño, producción y operación nacional— que le permite proyectar fuerza profunda dentro del territorio ruso de manera sostenida. Según el análisis publicado esta semana en CNN por Brett McGurk —analista de asuntos globales de la cadena y exfuncionario de seguridad nacional bajo las administraciones de George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden—, Kiev ha establecido a lo largo del frente una "zona de muerte" de entre diez y quince kilómetros donde, en palabras del propio McGurk, "Rusia no puede avanzar sin quedar expuesta a ataques constantes con drones". Las estimaciones occidentales sitúan las bajas rusas, entre muertos y heridos, en un rango cercano o superior a los treinta mil a cuarenta mil hombres al mes —una tasa de desgaste sin precedentes en una guerra europea desde 1945 y, crucialmente, sin avances territoriales sustantivos que justifiquen ese costo humano para el Kremlin—. El acumulado de bajas rusas desde febrero de 2022 supera ya, según esas mismas estimaciones, el millón de hombres, una cifra que excede la capacidad de Moscú para reponer efectivos sin recurrir a movilizaciones que el Kremlin ha evitado por su costo político interno. Putin había anticipado que 2026 sería el año en que sus fuerzas, gracias a la superioridad numérica acumulada y al desgaste ucraniano, romperían las líneas y se apoderarían definitivamente del este. Eso no ocurrió. Hasta el momento, es Ucrania —y no Rusia— la que ha logrado ganancias territoriales netas en lo que va del año: en abril, las fuerzas ucranianas recuperaron unos 40 kilómetros cuadrados en cada una de las regiones de Zaporiyia, Járkov y Donetsk, totalizando alrededor de 120 kilómetros cuadrados según el Institute for the Study of War. Son ganancias modestas en términos absolutos —apenas el 0,02% del territorio nacional— pero significativas en simbolismo y en lectura estratégica: por primera vez en más de dos años, la balanza territorial favoreció a Kiev, no a Moscú. A eso se suma el efecto material de la presión ucraniana en profundidad: Rusia se ve obligada a dispersar defensas aéreas, reubicar aeronaves militares y destinar recursos crecientes a la protección de su territorio interior, todo lo cual reduce la capacidad ofensiva en el frente.

El cálculo cambiante de Trump

La diplomacia estadounidense también se mueve, aunque con el ruido habitual. La premisa con la que Trump abordó el conflicto desde el comienzo de su segundo mandato fue explícita: Ucrania, como potencia menor, debía hacer concesiones territoriales en la mesa para evitar perder más en el campo, y Rusia, a cambio de aceptar el acuerdo, recibiría una flexibilización progresiva de las sanciones y una ventana de reinserción económica. Esa premisa está siendo erosionada por los hechos, y Washington empieza a tomar nota. Vale registrarlo con cuidado: el propio Trump negó esta misma semana, antes de viajar a Pekín, haber acordado con el Kremlin la cesión de todo el Donbás —el objetivo de mínimos de Moscú—, lo que sugiere que la posición estadounidense se ha endurecido respecto a las primeras versiones del plan. Las negociaciones que Estados Unidos y Rusia habían sostenido entre noviembre de 2025 y enero de 2026 produjeron primero un borrador de 28 puntos —muy favorable a Moscú, con reconocimiento de facto de Crimea, Donetsk y Lugansk, congelamiento del frente en Jersón y Zaporiyia, límites estrictos al ejército ucraniano y consagración constitucional de la no-adhesión a la OTAN— y luego un plan revisado de alrededor de veinte puntos, presentado por Zelenski en diciembre, que eliminó la exigencia de retirada total ucraniana del Donetsk controlado por Kiev, descartó el reconocimiento internacional de los territorios ocupados como rusos y dejó abierta —aunque sin compromiso de plazo— la cuestión de la OTAN. Las sucesivas rondas en Ginebra, Abu Dabi y Estambul han ido reduciendo y modificando el documento sin producir avances sustanciales, y la última iteración conocida lo deja en torno a diecinueve puntos. Ese plan revisado está estancado desde febrero, cuando Zelenski lo planteó en la Conferencia de Múnich con una exigencia de garantías de seguridad de Estados Unidos por veinte años, incluida una fuerza europea de reaseguro desplegada en territorio ucraniano una vez cesadas las hostilidades. Trump, hasta ahora, no ha querido firmar ese compromiso temporal, y ahí se traba el proceso.

Lo nuevo, y vale registrarlo con cuidado, es que el propio Trump dejó caer en la cumbre de Pekín del 14 y 15 de mayo un comentario que, según trascendidos posteriores citados por CNN y atribuidos directamente a McGurk, le habría hecho Xi Jinping: que Putin podría llegar a lamentar algún día haber invadido Ucrania. La fuente del comentario es importante. China es el principal sostén económico y diplomático del Kremlin desde 2022; si Pekín está leyendo el campo de batalla con realismo y se lo transmite así a Washington, la lectura de Trump puede empezar a inclinarse hacia un enfoque distinto, menos centrado en presionar a Kiev y más en aceptar que la posición militar ucraniana es más sólida de lo que su diplomacia inicial asumía. Esa rectificación no es automática —Trump tiene un historial errático en esta materia—, pero las señales acumuladas de esta semana sugieren que la Casa Blanca podría estar evaluando un giro: reforzar la OTAN y el apoyo a Kiev para demostrarle a Putin que no recuperará terreno y, de paso, mostrarle a Xi que cualquier eventual movimiento contra Taiwán sería respondido con coordinación occidental. Si ese giro se materializa, el escenario diplomático del segundo semestre será distinto al del primero.

Europa toma posiciones, con costos internos

El movimiento europeo merece registro propio porque está construyendo, con menos ruido pero más continuidad, una arquitectura de apoyo a Ucrania que ya no depende exclusivamente de Washington. El paquete de 90.000 millones de euros para 2026 y 2027 aprobado por el Parlamento Europeo en abril —que rompió por primera vez el veto sistemático de Hungría tras la salida de Viktor Orbán, y que se votó por 458 votos a favor, 140 en contra y 44 abstenciones— supone aproximadamente dos terceras partes de las necesidades de financiación ucranianas estimadas por el FMI para el bienio, y prioriza la industria armamentística europea en las adquisiciones, lo que es a la vez una respuesta a la guerra y un instrumento de política industrial. En paralelo, el vigésimo paquete de sanciones contra Rusia, adoptado por el Consejo el 23 de abril, incorporó 120 nuevas designaciones individuales —el mayor volumen en dos años— y profundizó las medidas sobre los ingresos energéticos rusos. Veintiséis de los veintisiete países miembros respaldaron también, sin Hungría, la iniciativa de paz de Trump, pero con una salvedad explícita: son los ucranianos quienes tienen "el derecho a elegir su propio destino", una fórmula diplomática que en cristiano significa que Bruselas no aceptará un acuerdo impuesto por encima de Kiev. Este matiz europeo se ha vuelto crucial, porque marca la diferencia entre una negociación facilitada por Washington y una imposición negociada por Washington, y la distinción ya no es retórica.

El costo interno europeo, sin embargo, no debe minimizarse. La presión fiscal por aumento de gasto en defensa, el envejecimiento del aparato militar de la mayoría de los países miembros, la deuda pública creciente —particularmente en Francia y Reino Unido— y el malestar ciudadano por la prioridad presupuestaria que la guerra de Ucrania sigue teniendo frente a temas que para los votantes pesan más en la urna, como la vivienda, configuran un escenario donde el apoyo europeo a Kiev es sostenible pero no infinito, y donde las próximas elecciones nacionales podrían modificar el equilibrio. Por ahora, el dato es que Europa no se ha quebrado, que ha respondido con más músculo que retórica, y que ha logrado mantener una posición común sin Estados Unidos, lo que hace cuatro años habría sido impensable.

Lo que se ignora en el ruido: la dimensión humana

En el balance estratégico de una guerra es fácil perder de vista lo que la guerra es. Esta semana lo recordó la ONU con una frase seca: "la guerra es cada día más mortífera". Más de cuatro años después del inicio de la invasión rusa, las cifras de víctimas civiles ucranianas siguen creciendo, las infraestructuras críticas —energía, agua, hospitales— siguen siendo blanco sistemático de los bombardeos rusos, y la población del este de Ucrania vive en un régimen permanente de alarma aérea que el resto del continente apenas alcanza a imaginar. Del lado ruso, las pérdidas humanas no se reportan oficialmente, pero las estimaciones convergentes —occidentales, ucranianas y de fuentes independientes rusas— hablan de cientos de miles de bajas acumuladas desde 2022, en un país cuya demografía ya era frágil antes de la guerra y cuya economía se sostiene cada vez más sobre la maquinaria bélica. El costo humano de esta guerra es asimétrico —Ucrania defiende su existencia como Estado, Rusia ejecuta una guerra de elección política— pero es enorme en ambos lados, y la diplomacia que ignore esa dimensión, que la convierta en mera variable de negociación, no producirá paz sostenible. Producirá tregua, en el mejor de los casos, hasta el próximo ciclo.

Tres escenarios para los próximos sesenta días

Tres escenarios permanecen abiertos para el resto de mayo y todo junio. El primero es el de un congelamiento de facto del frente sin acuerdo formal: Rusia, agotada operativamente pero capaz de sostener el desgaste, acepta una pausa militar prolongada sin renunciar a sus reclamos territoriales máximos; Ucrania, sin capacidad para recuperar todo el territorio ocupado pero con la espalda cubierta por el flujo europeo de financiamiento y por la presión de Kiev a infraestructuras rusas, acepta esa pausa sin firmar reconocimientos. Es el escenario menos prolijo pero más probable a corto plazo, y se parece bastante a la situación coreana posterior a 1953: armisticio sin paz, fronteras militarizadas y conflicto congelado durante décadas. El segundo escenario es el de un acuerdo formal sobre la base del plan revisado de alrededor de veinte puntos, con concesiones cruzadas: Kiev acepta el congelamiento del frente sin reconocer las anexiones, Moscú acepta no exigir la retirada de zonas que Ucrania controla en Donetsk, Estados Unidos firma garantías de seguridad concretas —probablemente menos ambiciosas que los veinte años solicitados por Zelenski— y Europa despliega una fuerza de reaseguro. Es el escenario que más actores dicen querer y el que menos confían en que se materializará, porque requiere de Putin una flexibilidad que su discurso doméstico no admite y de Trump un compromiso temporal que no ha querido asumir. El tercer escenario es el de una escalada renovada, particularmente si la economía rusa muestra signos de quiebre o si una acción ucraniana profunda —una operación contra infraestructura crítica realmente sensible— provoca una represalia desproporcionada del Kremlin. Es el escenario menos probable pero el más peligroso, y conviene no descartarlo porque las guerras prolongadas tienden a generar incentivos al escalonamiento en sus fases finales más que en las iniciales.

Cierre: por qué esta guerra importa más allá de Europa

Cierra una observación que excede a Ucrania y que esta revista quiere dejar planteada para sus lectores latinoamericanos. La forma en que termine esta guerra fijará parámetros para el orden internacional de las próximas dos décadas, y esos parámetros nos afectan también desde acá. Si la conclusión es que una potencia nuclear puede invadir a su vecino, sostener la guerra durante años pese al desgaste, y obtener un acuerdo que congele —incluso parcialmente— sus conquistas territoriales, el mensaje para otros actores con apetitos expansivos será inequívoco: la fuerza paga si se aplica con suficiente paciencia. Si por el contrario Ucrania logra preservar su integridad territorial sustantiva, garantías de seguridad sólidas y un anclaje europeo definitivo, el mensaje será el opuesto: la agresión territorial en el siglo XXI tiene costos que ningún Estado moderno puede pagar de manera sostenida. América Latina, una región sin disputas territoriales activas pero con vecindades complejas y con vulnerabilidades estructurales propias —desde la cuestión de Esequibo entre Venezuela y Guyana hasta las tensiones difusas entre regímenes ideológicamente antagónicos—, no es indiferente a ese desenlace. Lo es menos aún en un momento en que el orden multilateral basado en reglas, que durante setenta años protegió a los Estados más pequeños frente a los más grandes, atraviesa su crisis más severa desde 1945. La guerra en Ucrania no es solo una guerra europea. Es, en buena medida, una prueba de si el orden internacional que conocemos sobrevivirá a esta década o si lo sucederá uno distinto, más duro, más transaccional, más asimétrico. Lo que ocurra en las próximas semanas en el frente, en la mesa diplomática y en los pasillos del Kremlin marcará esa respuesta más que cualquier declaración formal posterior. Y por eso vale prestarle atención, también desde el sur del mundo.


Fuentes consultadas: CNN Español, Reuters, AFP, EFE, AP, TASS, Infobae, La Jornada (México), La Nación (Argentina), Euronews, The Objective, El Tiempo (Perú), Proceso, Fortune, CBS News, AOL News, Newsonair (Gobierno de la India), The Tribune India, Departamento de Ciencia Política de Yale, Naciones Unidas (OCHA y Departamento de Asuntos Políticos), Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Comisión Europea (cronología oficial de solidaridad con Ucrania), Consejo de la Unión Europea (Consilium), Parlamento Europeo, Ministerio de Defensa de la Federación Rusa, Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Ucrania, Ministerio de Defensa de Ucrania, Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU), Cuatrecasas (análisis del vigésimo paquete de sanciones de la UE), La Moncloa (Gobierno de España), Centro de Documentación Europea de la Universidad de Granada, Institute for the Study of War (ISW), N+, Resumen Latinoamericano, Al Mayadeen Español, Mundiario, KCH Comunicación, Visión 360, Agenda Pública, Misión Verdad, United24 Media, SANA, Al Jazeera, Outono.net (Elentir).

Nota editorial: este análisis fue elaborado con asistencia de inteligencia artificial y revisado editorialmente por la redacción de Revista Lumen. La situación militar y diplomática en torno a la guerra ruso-ucraniana se desarrolla en tiempo real; los movimientos de fuerza en el frente, los ataques con drones de ambas partes y las eventuales nuevas rondas de negociación facilitadas por Estados Unidos podrían modificar sustancialmente los términos descritos en esta pieza en cuestión de horas. Última actualización: miércoles 20 de mayo de 2026, a las 21:42 hora de Uruguay.

Suscríbete al newsletter para recibir periódicamente las novedades en tu email